miércoles, 23 de febrero de 2011

Desmantelada en Barcelona una banda que adulteraba la heroína con un medicamento para el alzhéimer

Los detenidos recibían la droga en paquetes postales desde la India



Agentes del Cuerpo Nacional de Policía han desarticulado en barcelona una mafia de narcotraficantes nigerianos que se había especializado en traer heroína pura desde la India y que, una vez aquí, empleaban piracetam, el principio activo de un medicamento contra el alzhéimer, como principal sustancia de corte de la droga. Esta es la primera vez que se descubre el uso de una medicina para esa dolencia como sustancia para adulterar la droga pura y multiplicar su cantidad. Lo más habitual suele ser la lidocaína y la aspirina. En total, la policía encontró en manos de la red 120 cajas de piracetam.

La investigación se inició a raíz de un aviso de las autoridades belgas. Los investigadores de la policía nacional determinaron que la red, que también traía cocaína desde Suramérica, empleaba sobre todo correos humanos con los que trasladaba la droga en múltiples escondites. Así, los agentes se incautaron de alijos ocultos en el doble fondo de un ajedrez, en tarjetas de felicitación, dentro de cartuchos de impresora y en bolsas que el viajero llevaba en el recto. En otras ocasiones, la droga se enviaba mediante correo postal a dos direcciones de L'Hospitalet de Llobregat y Montcada i Reixac.
En total, han sido detenidos 16 miembros de la red, 14 nigerianos y dos españoles. En 16 aprehensiones distintas tanto en Barcelona como en Bruselas se han decomisado 3,7 kilos de heroína y dos de cocaína.

martes, 22 de febrero de 2011

Cae una banda que asaltaba camiones en marcha para robar su mercancía

La Guardia Civil ha detenido en Épila (Zaragoza) y en Alzira (Valencia) a 10 personas de nacionalidad rumana que se dedicaban a asaltar camiones en marcha y robaban su mercancía. Según informó la Benemérita, en la llamada 'Operación Apache' se ha efectuado también un registro domiciliario en una vivienda de la localidad zaragozana de Épila, donde residían desde el verano pasado ocho de los detenidos con sus correspondientes familias.

Debido a que el mismo día del registro alguno de los detenidos pensaba trasladar el material sustraído a su país de origen, los agentes encontraron embalados en cajas y maletas los objetos robados.
Esta operación se inició en el mes de septiembre de 2010, a raíz de las denuncias formuladas por diversos departamentos de seguridad de empresas de transporte por la sustracción de material del interior de sus camiones.
En la mayor parte de los casos, los denunciantes comunicaban que el robo se había producido por la noche, mientras el camión se encontraba circulando por carreteras principales de diversas comunidades autónomas.

Sistema de robo

En concreto, los detenidos se desplazaban en dos o tres vehículos por las principales carreteras nacionales seleccionando en ruta algún camión susceptible de ser asaltado. Una vez elegido el transporte, uno o dos coches se situaban delante del camión y disminuía la velocidad, lo que obligaba al camionero a reducir la suya.
Seguidamente, otro de los vehículos de la red se aproximaba con las luces apagadas por la parte trasera del camión, momento en que uno de sus ocupantes saltaba en marcha, sujetándose a los portones traseros del camión con la ayuda de arneses, desapareciendo los vehículos del grupo de la vista del camionero. Mediante la utilización de radiales con baterías autónomas y otros útiles, el asaltante forzaba los sistemas de seguridad del portón trasero del camión, accediendo al interior de su caja, donde seleccionaba el material informático, de telefonía móvil, perfumes, etc., que sería robado.
Con el material seleccionado, la persona que se hallaba en el camión alertaba mediante teléfono móvil a sus cómplices, que repetían la acción inicial (situar uno o dos vehículos a baja velocidad delante del camión para obligarle a reducir la marcha). En ese instante, otro vehículo provisto de techo solar se situaba detrás, recogiendo la mercancía que le lanzaba su compinche desde la caja del camión.

Desmantelado en Ibiza un laboratorio de cocaína

Tras realizar varias detenciones, la policía ha dado carpetazo a la denominada 'Operación Mambo', en la que además se ha incautado de 4 kilos de droga



El Grupo Local de Drogas y Crimen Organizado de la Comisaría de Ibiza desmanteló este sábado 19 de febrero en la isla un laboratorio en el que se elaboraba cocaína y detuvo a cuatro personas implicadas en la preparación y venta del estupefaciente.

Con el cierre del laboratorio y el arresto de los presuntos delincuentes la policía ha dado carpetazo a la denominada 'Operación Mambo', en la que además se ha incautado de 4 kilos de droga, 11 kilos de productos para su adulteración, tales como fenacetina, tetracaína, lidocaína, acetona, etiloacetato, éter dietílico, prensas, moldes, secadoras, 32.280 euros, diez teléfonos móviles, dos ordenadores portátiles y cinco discos duros. Los arrestados son B.Y.A., colombiano de 30 años de edad y residente en Ibiza; J.A.G.R., también colombiano, de 28 años, C.B.G.M., mujer de la misma nacionalidad que los anteriores, de 29 y residente en Ibiza, quien ha sido puesta en libertad con cargos, y J.M.A.H., español de 37 años y residente en la isla.

Las investigaciones se iniciaron a finales del pasado mes de septiembre sobre un grupo colombiano que se dedicaba a la introducción y distribución de cocaína en Ibiza, y que estaba vinculado a otro, que se desarticuló en 2008, en una operación en la que se desmanteló también un laboratorio de cocaína situado en la avenida Isidoro Macabich de Vila, según informaron los cuerpos de seguridad en un comunicado.

Pese las medidas de seguridad adoptadas por la banda, los agentes pudieron obtener información suficiente para determinar el lugar en el que ocultaban la droga y el laboratorio, ubicado en un almacén del polígono de Can Bernat, cedido en uso por J.M.A.H., que era su propietario, a J.A.G.R.

Tras obtener los preceptivos mandamientos de entrada y registro del Juzgado de Instrucción número tres de Ibiza, titular de la investigación, se localizó en el almacén toda la cocaína incautada, así como material de laboratorio para la transformación y preparación de esta droga y productos para su posterior adulteración.

Además de este almacén, la policía registró dos domicilios y un bar situado en el centro de Ibiza, que actualmente regentaba B.Y.A., quien, según las fuerzas de seguridad, se encargaba de distribuir la droga una vez que esta se encontraba preparada para su venta. Los 32.280 euros requisados se hallaron en el registro efectuado en el domicilio de J.A.G.R, un dinero que, según han remarcado las fuerzas del orden, procede de las ganancias obtenidas con el tráfico de drogas. Asimismo, para la transformación de la cocaína, los detenidos contaban con numerosos productos químicos, denominados precursores.

En este sentido y una vez obtenida la cocaína, la mezclaban con otros productos intervenidos para, de esta forma, aumentar la cantidad de sustancia estupefaciente a costa de disminuir su pureza y así "multiplicar los beneficios económicos".

Una vez elaborada y cortada, prensaban la cocaína y posteriormente la prensaban al vacío para almacenarla y, posteriormente, venderla. Los agentes han informado también de que los tres detenidos que pasaron a disposición judicial en la mañana del pasado domingo han ingresado en prisión.




lunes, 21 de febrero de 2011

Crimestoppers y el Gobierno lanzan una operación en busca de delincuentes británicos en España

Crimestoppers ha lanzado una nueva operación de captura de diez delincuentes fugados del Reino Unido que podrían estar escondidos en las costas españolas, entre ellas en la provincia de Alicante, y que podrían ser localizados gracias a la colaboración ciudadana.

La nueva campaña, apoyada por el Gobierno de España, ha sido presentada este lunes en Alicante por el director de operaciones de Crimestoppers, Dave Cording, el coordinador de la Secretaría de Estado de Seguridad del Ministerio del Interior, Marceliano Gutiérrez, y la subdelegada del Gobierno en Alicante, Encarna Llinares.
En esta operación, la organización ha puesto su punto de mira en 10 ciudadanos británicos que podrían estar residiendo en España, especialmente en las zonas de costa. Están buscados por delitos sexuales con un menor, tráfico de drogas, asesinato y asalto, entre otros delitos.

Más de 500 pistas útiles
Desde Crimestoppers animan a la ciudadanía a entrar en su página web http://www.crimestoppers.uk.com/ con la finalidad de que conozcan los rostros de los delincuentes buscados, así como características físicas --tatuajes, defectos físicos-- y colaboren con ellos, de forma totalmente anónima, en su localización. De hecho, no es necesario identificarse ni comparecer ante un tribunal, ni hablar con la policía, si no se desea.
Esta nueva campaña vuelve a ponerse en marcha, tras el éxito de experiencias anteriores, en las que han tenido "más de 500 pistas útiles sobre los fugitivos buscados". Así, desde que se inició la campaña, en octubre del 2006, se han publicado 50 peticiones de información, de las cuales 38 han culminado en arresto. Además, más del 50% de esas 38 detenciones han sido en las costas españolas.



sábado, 19 de febrero de 2011

Siete detenidos en Olot por tráfico de sustancias dopantes

Los siete detenidos por su presunta relación con una trama de tráfico ilegal de sustancias dopantes desarticulada por los Mossos d'Esquadra han pasado esta mañana a disposición judicial en la población gerundense de Olot.
A las 10.36 horas han llegado a los juzgado de esta población tres coches de la Policía Autonómica que trasladaban a los detenidos, cuyos abogados se han personado también en el edificio judicial para asistirles en sus declaraciones.
Algunos de los letrados ejercen habitualmente en Girona, pero otros proceden de otras ciudades catalanas, como Arenys de Mar (Barcelona).
Fuentes próximas a la investigación han explicado que las detenciones se produjeron ayer a última hora y que todos los arrestados han pasado la noche en la comisaría de los Mossos d'Esquadra de Olot.
Desde allí han sido trasladados esta mañana a los juzgados para tomarles declaración sobre su presunta implicación en la trama, que se destapó cuando un ciclista recibió en su correo electrónico una oferta para adquirir por Internet este tipo de sustancias ilegales.
La investigación se inició en diciembre después de que un ciclista profesional denunciara que un desconocido le había enviado un correo electrónico ofreciéndole sustancias dopantes.
Las detenciones se han practicado en diferentes puntos de Catalunya y se han realizado cinco registros domiciliarios. Entre las substancias que la policía ha incautado figuran EPO, nandrolona, anabolizantes, hormona del crecimiento y clembuterol.
Los siete detenidos en la 'Operación Cursa' se dedicaban presuntamente a importar y distribuir en gimnasios las sustancias dopantes, y tenían un proveedor que les abastecía de EPO.
Las mismas fuentes señalan que es la primera vez que se desarticula una red que ofrecía sustancias a culturistas y a deportistas amateurs de otras disciplinas.
Los arrestados, acusados de un delito contra la salud pública, pasarán este viernes a disposición de un juzgado de Olot, que es el que ha llevado la investigación.

El ciclista Jordi Riera, que llegó a correr un Giro, entre los detenidos
El ciclista catalán Jordi Riera, que llegó a disputar el Giro de Italia en 2003 enrolado en el Kelme, figura entre los detenidos en la operación de los Mossos d'Esquadra contra una red dedicada a la importación y venta de sustancias dopantes, han informado a Efe fuentes cercanas al caso.
Riera, de 32 años y vecino de Prats de Lluçanes (Barcelona), está acusado de adquirir las substancias dopantes a otro de los integrantes de la red, el también ciclista federado Miguel Ángel G.B., para posteriormente suministrarlas a varios jóvenes deportistas.
Jordi Riera se integró entre los años 2002 y 2003 en el equipo ciclista Kelme, junto a Aitor González, Alejandro Valverde y Óscar Sevilla, todos ellos salpicados por casos de dopaje, y llegó a disputar el Giro de Italia del año 2003, en el que quedó clasificado en el puesto 93.
En su palmarés también figura un tercer puesto en una etapa de la Vuelta a Cuba, una victoria en el Memorial Valenciaga, una victoria de etapa en la Vuelta a Palencia, y un segundo puesto en una etapa del Cinturón Ciclista Internacional de Mallorca, todos ellos en el año 2004, cuando ya había abandonado el Kelme y no corría como profesional.
En el año 2006, se enroló en un nuevo equipo profesional, el 3 Molins Rosort, en el que estuvo un año y no obtuvo ninguna victoria.
Riera es uno de los siete detenidos por los Mossos d'Esquadra en el marco de una operación contra el tráfico de sustancias dopantes.
Riera ha considerado un "error" su implicación en el caso y ha declarado estar "tranquilo", a la espera de que se resuelva lo que entiende como una confusión, mientras que su abogado, Antoni Iborra, coincide en calificar la situación de "error".
"Él (Jordi Riera) está en tratamiento médico supervisado y autorizado", ha insistido Iborra, quien se encuentra a la espera de conocer el detalle de las actuaciones policiales para que el ex ciclista "se pueda defender correctamente".

El ciclista profesional Xavi Tondo alertó a los Mossos de la red de dopaje para deportistas aficionados

El ciclista profesional Xavi Tondo, jefe de filas del equipo Movistar, fue quien destapó la red de venta de sustancias dopantes a deportistas aficionados desarticulada por los Mossos d'Esquadra y que operaba en toda Catalunya. El corredor alertó a la policía autonómica de un correo electrónico anónimo en el que se le ofrecían productos ilegales, y a partir de ahí se puso la operación en marcha. El titular del Juzgado de Instrucción número 1 de Olot (Garrotxa) ha dejado en libertad con cargos a cinco detenidos acusados de integrar la red. Según ha informado el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), el juez ha imputado a estos cinco detenidos los delitos de tráfico de sustancias dopantes y asociación ilícita.

Maratones y medias maratones



Entre los detenidos hay deportistas aficionados que practican culturismo y maratones, y hasta un menor. En la operación, bautizada como caso Cursa y que se inició a principios de diciembre, los agentes han registrado cinco inmuebles y se han incautado de diversas sustancias dopantes como nandrolona, EPO y clenbuterol, algunas de las cuales estaban ya listas para ser consumidas.


Esta es la primera vez que se detecta y desarticula una red que distribuye sustancias dopantes indistintamente tanto a culturistas como a deportistas federados dedicados a otras disciplinas, como el atletismo (media maratón y maratón), el ciclismo y el triatlón-duatlón. Muchos se dopaban tan solo para mantener o mejorar una marca, y para mejorar en competiciones no profesionales, un entorno deportivo en el que no acostumbra a haber tantos controles antidoping.



El inspector de los Mossos d'Esquadra Jordi Domènech ha explicado que han tomado declaración a una decena de deportistas que podrían haber consumido dopantes, entre ellos el menor, que ahora ya tiene 18 años.


Un menor de edad



La investigación ha permitido corroborar que entre los clientes de la red hay deportistas que compiten en carreras sociales y algún deportista de élite. La nota de los Mossos d'Esquadra destaca, además, que es la primera vez que este cuerpo de policía documenta la administración de sustancias a un menor de edad.



De los detenidos por la policía autonómica, unos se dedicaban a la importación y a la distribución de las sustancias habituales en el mundo de los gimnasios (anabolizantes, clembuterol, hormona del crecimiento...) a la vez que tenían un proveedor que los abastecía exclusivamente de EPO, así como otras sustancias dopantes específicas que adquirían en farmacias andorranas. Estas compras en Andorra se realizaban tanto personalmente en las farmacias como a través de internet (farmacias online). El EPO con el que traficaban había sido sustraido del servicio de hemodiálisis de un centro hospitalario.



Los registros se han realizado en Gironella, Manresa (2), Prats de Lluçanès, y Cerdanyola. También se han intervenido a diferentes empresas de transportes dos paquetes de sustancias dopantes procedentes de Portugal. En total se han intervenido unas 10.000 dosis de sustancias dopantes de administración oral y unas 2.200 dosis inyectables. La investigación continúa abierta y no se descartan nuevas detenciones.

jueves, 17 de febrero de 2011

Historias de Criminales: EL Vaquilla

El 3 de noviembre de 1994, Antonio Ugal Cuenca, hermano del Vaquilla y más conocido como Tonet, se tropezó con una vecina de su barrio de La Mina, en Sant Adrià del Besós, Barcelona.
Se acababa de cortar el pelo, y como a la vecina le pareció que le habían dejado muy feo y tenía la suficiente confianza con él, se lo dijo. "No te preocupes, que ya me pondré guapo", respondió Tonet. Y, casi a renglón seguido, añadió: "Me tengo vista una joyería que alucinas, ¿quieres venirte?".


La vecina, carterista veterana pero poco amiga de meterse en atracos, declinó la invitación. Tonet no llegó a ver ponerse el sol aquel día, pues, pocas horas después, cayó abatido por la Guardia Urbana de Girona. Según se cuenta, desoyó el alto de los agentes y hubo una persecución y un tiroteo: Tonet llevaba una escopeta. En La Mina prefieren otra versión: "Los de la Guardia Urbana lo barrieron como a un conejo. Tienen el gatillo la hostia de rápido, más que la madera o los picos".
Éste no es más que un episodio, seleccionado al azar, de la otra historia de Juan José Moreno Cuenca, bautizado El Vaquilla por lo inquieto que era de niño. Una historia que apenas se ha contado, pese al nada desdeñable espacio que a este hombre le han dedicado los medios de comunicación en las últimas tres décadas. Lo que todos conocemos de Juan José Moreno Cuenca es su leyenda: la historia de ese niño nacido en la periferia deprimida de Barcelona que, con once años, robaba coches y los conducía sentado en un cojín para alcanzar a ver por el parabrisas. El niño delincuente que con 12 años ya había birlado a un vigilante su primera pistola y asolaba la Costa Brava practicando con las turistas la peligrosa técnica del tirón desde coche en marcha (tan peligrosa que, en una ocasión, le costó la vida, accidentalmente, a una de sus víctimas). El niño presidiario que a los 13 años ya se había escapado de todos los reformatorios de España.

Ésta es la primera parte de su leyenda, en gran medida difundida gracias a la oportuna (u oportunista) versión cinematográfica que hiciera de ella, en su día, José Antonio de la Loma. La segunda parte se refiere a su larga vida de recluso conflictivo, repleta de motines, quebrantamientos de condena y constantes reingresos en prisión. Para muchos, Juan José Moreno Cuenca, o mejor dicho El Vaquilla, su desdichado personaje, no es más que ese delincuente crónico condenado a regresar siempre al talego, sin redención posible.

Pero, detrás del mito y de sus simplificaciones hay una historia mucho más ambigua, con alguna paradoja, con su inevitable revoltijo de frustraciones y esperanzas, y con su pizca de tragedia. La historia que no protagoniza ningún personaje legendario, sino ese hombre que hoy tiene 39 años, Juan José Moreno Cuenca, y también algunos otros. Uno de ellos, precisamente, aquel Tonet muerto a tiros un mal día de noviembre de 1994, hermano por parte de madre de Juan José y, como él y como tantos otros de La Mina, entregado, por las circunstancias o por lo que fuere, a un modo de vida que raramente permite a quienes lo ejercen pasar de los 40. Ésta es la historia de esa gente, de lo que fue de ellos y de lo que queda, a éste y al otro lado de las rejas de la prisión.
Antes de dar a luz a Juan José, fruto, según cuenta él mismo, de una breve relación con un cantaor que la sedujo en una boda, Rosa Cuenca había tenido de otro hombre, Miguel Ugal, otros cuatro hijos: Julián, Isabel, Antonio y Miguel Ugal Cuenca. Estando todavía embarazada, Rosa conoció a Antonio Moreno, quien, sin ser el padre, aceptó darle sus apellidos al pequeño Juan José. Con Antonio tuvo Rosa otras tres chicas: Carmen, Antonia y Gloria Moreno Cuenca. Actualmente, según se dice, vive en Girona con otro compañero del que aún ha tenido algún hijo más.


Pero los únicos hermanos con los que Juan José compartió algo fueron los mayores, los Ugal Cuenca. Fue la suya una convivencia bajo circunstancias nada comunes, discontinua y en la frecuente ausencia de la madre, que tan pronto estaba presa como separada de sus hijos por otras razones. Así las cosas, Juan José y sus hermanos se criaron con familiares varios y no siempre acogedores, cuando no anduvieron a su suerte. Lo único parecido a un padre que Juan José tuvo alguna vez fue su padrastro Antonio Moreno que, cuando él contaba muy pocos años, murió de un ataque al corazón tras robar en una fábrica y sufrir una persecución policial. Los psiquiatras han señalado la alta frecuencia con que los jóvenes violentos carecen de la figura paterna o tienen un progenitor pasivo ("el hombre que se sienta en el sofá y no habla nunca"). Según ellos, el padre es crucial como factor equilibrador y estabilizador para el individuo, y su falta puede tener efectos aún más devastadores que la de la madre.
Ni Juan José ni sus hermanos dispusieron de mucho amparo paterno. Debieron aprender a valerse por sí mismos, siguiendo el ejemplo de sus vecinos de los barrios marginales en los que se desarrolló su infancia: los desaparecidos Torrebaró y Camp de la Bota (el Campiri), y el barrio de La Mina, aún existente gracias a un torpísimo ensayo perpetrado a mediados de los 70 para acabar con algunos núcleos chabolistas barceloneses, a los que sustituyó por guetos cuya sola visión, todavía hoy, encoge el alma. Así iniciaron Juan José y sus hermanos sus andanzas, desde los primeros golpes, casi inocentes, hasta los delitos más peligrosos. Cuenta Juan José que lo primero que robó fueron unos lápices de colores en el colegio -al que apenas asistió un par de años- para venderlos y pagarse unas partidas de futbolín. Desde ahí progresó rápidamente a los hurtos de coches, los tirones y los robos a mano armada. Al final de sus días, el hermano Antonio, Tonet, estaba catalogado por la policía, al igual que la Chelo, su compañera, como un hábil atracador de bancos. Y el hermano mayor, Julián, que cargaba algún homicidio a sus espaldas, como un delincuente singularmente peligroso. Las razones por las que todos ellos, niños desvalidos de Torrebaró, llegaron al delito dependen de quién las explique.


Si hemos de guiarnos por el testimonio de un veterano policía que los conoció a todos y los detuvo en más de una ocasión, en los primeros tiempos robaban para fardar: "Veían un coche guapo, a alguien con un polo Lacoste, y querían conducir el uno o ponerse el otro. Pero no tenían dinero. Así que lo robaban". Después, al meterse por medio la droga -en la que todos, incluido Juan José, acabaron cayendo-, robaban para pagarse la dosis y quitarse el mono de encima. "Pero lo otro seguía estando ahí", puntualiza el policía. Sin embargo, si escuchamos al propio Juan José, la versión es ligeramente distinta: "Robábamos porque no teníamos nada. Robábamos para comer, para tener lo básico". Siempre cabe discutir sobre qué es lo básico, claro. Pero dudosamente está ahí el quid del asunto.


Un delincuente de 11 años. Ante aquella partida de niños y después muchachos, tan activos como temerarios, la sociedad hubo de reaccionar. La sociedad era la española de finales del franquismo y de la transición, y su reacción no fue excesivamente imaginativa. Desde los once años, ateniéndonos a su propio relato, Juan José se acostumbró a las persecuciones policiales a tiro limpio, a los "hábiles interrogatorios" en comisarías y cuartelillos y a entrar y salir de los reformatorios de la época, muchos regentados por religiosos, donde se recurría a la tortura para tratar de amansar a aquellos chavales incorregibles. Su relación con las fuerzas del orden no podía ser de mayor hostilidad. "Especialmente con la Guardia Civil", recuerda hoy Juan José, "y no sólo porque nos perseguían a tiros por las carreteras cuando apenas éramos unos críos, sino también porque, ya de chicos, los habíamos conocido, cuando íbamos por ahí en plan nómada y ellos venían, les metían fuego a las chabolas y pegaban y les cortaban el pelo a las mujeres. Eso es lo que recuerdo de mi infancia, a un guardia civil pegándole a mi madre". Tal vez la versión del protagonista contenga algún exceso narrativo, pero quienes conocieron y recuerdan aquellos tiempos pueden admitir sin esfuerzo una buena parte de verdad. De lo que no cabe ninguna duda es de que a los 13 años, Juan José Moreno Cuenca, un niño pese a todo, ingresaba en la cárcel Modelo de Barcelona, de donde no podría escapar tan fácilmente como de los correccionales juveniles. Alguien que aterrizó entonces en aquella prisión por motivos políticos lo recuerda así: "Llegué a la cárcel y me encontré en la galería a un niño. Me quedé estupefacto. Pregunté qué hacía allí y me dijeron que se escapaba de todos los reformatorios. Les dije que era ilegal, incluso llegamos a hacer una petición formal para que lo sacaran".

En la biblioteca de la Modelo, Juan José pedía tebeos. Entre las páginas, el bibliotecario le pasaba un pitillo aplastado. También le recomendó un libro, Vida y muerte de Durruti. El niño lo leyó. Todavía hoy recuerda aquella lectura: "Empecé sin muchas ganas, la verdad. Luego vi que era de un tío que se pasaba la vida perseguido por la policía, escapándose de cárceles. Y me enganchó". El niño salió de prisión con la amnistía posterior a la muerte de Franco. No le sirvió de mucho. Con 16 años (esta vez legalmente porque acababa de alcanzar la mayoría de edad penal) ya tenía una condena que le devolvía a las rejas.
Eran también los días de aquella famosa película, Perros callejeros, que lanzó a una suerte de estrellato al Vaquilla, pero que, como luego se demostraría, no iba a ayudar en absoluto a Juan José Moreno Cuenca. Lo que a él le tocó fue unirse a sus hermanos, todos ellos presidiarios, e iniciar el mismo camino que ellos llevaban ya un tiempo transitando con mayor o menor intensidad.
El camino de la cárcel, de las breves temporadas de libertad y de la cárcel otra vez. En ese recorrido infernal, Juan José, como todos sus hermanos, perdió la relación con su madre, aunque no le pide cuentas por ello. "La pobre mujer", dice, "no podía ir a visitarnos a todos, cada uno en una cárcel, y así nos fuimos distanciando poco a poco".
Alguien de La Mina relata así los episodios de libertad de que disfrutaba la gente como Juan José y sus hermanos: "Salían, venían al barrio, pasaban tres o cuatro días en la casa de alguien, paseando por la calle, sin hacer nada. Pero, dígame usted, adónde podían ir. Nadie quiere a esos chavales cuando salen de la cárcel, y a ellos nadie les ha enseñado a hacer nada de provecho. Entonces echaban de menos la droga o les daba por una chavala, y enseguida estaban robando un coche y dando palos otra vez".
Desde entonces, durante casi tres décadas, ésa ha sido la vida de Juan José Moreno Cuenca: cárcel y más cárcel, con pequeños intervalos de permisos penitenciarios o libertad condicional, que nunca le han valido para otra cosa que volver a delinquir. En ese tiempo, su relativa notoriedad pública, nacida en primera instancia de la popularidad que le trajera el cine, le ha deparado de todo: fases de un cierto encarnizamiento institucional, según señalan algunas personas próximas -quienes mantienen que la fama le ha servido, principalmente, para atraerse enemigos- y fases de cierta relajación y hasta de privilegio, apuntan en fuentes penitenciarias. Según éstas, con Juan José se han tenido miramientos que no se han dado con nadie. Se ha forzado la ley para darle permisos y ventajas, se le han ofrecido oportunidades reales de reinserción e incluso en ciertos momentos ha sido el niño mimado de la administración penitenciaria catalana: una especie de experimento innovador, emblemático y a la postre fallido. "El problema es que El Vaquilla no tiene remedio porque no es de fiar", dicen. "Hay gente con delitos más graves, asesinos y violadores, con los que puedes tratar porque cumplen lo pactado. Éste te la pega siempre".
La actual abogada de Juan José rechaza tajantemente ese supuesto trato de favor: "Lo único que han hecho con él ha sido concederle de vez en cuando un permiso, algo a lo que la ley le daba derecho de sobra, ya que este hombre se ha pasado toda la vida en prisión. Lo cierto es que, desde que tenía 16 años, Juan José Moreno Cuenca no ha vivido un solo segundo sin la sombra de la cárcel planeando sobre su cabeza. Nunca ha sido verdaderamente libre. Nunca ha tenido una oportunidad real".
Con todo, entre la gente de La Mina, entre los de su generación y los de su familia, Juan José puede considerarse paradójicamente afortunado. Volviendo a la historia colectiva, de la que este hombre no deja de ser uno de tantos ejemplos, anotemos lo que ha sido al cabo de los años de los demás. Empecemos por Julián, el hermano mayor, con el que menos trato tuvo Juan José y el más temible a juicio de la policía. Según cuenta José Sáinz Vila, durante mucho tiempo abogado de Juan José y de sus hermanos Antonio y Miguel Ugal Cuenca, el propio Tonet le prohibió que defendiera a Julián "porque era una mala persona". Pues bien, por temible o malo que fuera, ya nadie tiene que cuidarse de Julián Ugal Cuenca. Murió al caer a la calle desde una ventana del hospital Francisco Franco, mientras intentaba huir de la habitación en la que estaba custodiado junto a otro preso.


El resto de la banda. Tampoco hay ya nada que temer de Antonio Ugal Cuenca, Tonet, aunque en sus mejores tiempos, junto a la Chelo, su compañera, fuera una pesadilla para la policía. Queda dicho al principio cuál fue el desenlace de su carrera de atracador, pero podemos añadir algo acerca de la propia Chelo, "una chica en su época muy maja", según uno de los policías que entonces la perseguían. No ha muerto aún, aunque a finales de julio de 2000, según diversos testimonios, se encontraba internada en el hospital de Can Ruti, en fase terminal.


El tercero de ellos era Miguel, alias El Carica, el playboy de La Mina y el favorito de Juan José, con el que inició sus correrías por la Costa Brava y los primeros escarceos con chicas. Según la policía, era el menos activo de los hermanos, el que menos arriesgaba. Después de uno de sus golpes se enredó en una persecución con una patrulla de la Guardia Urbana de Barcelona. Mientras trataba de zafarse de sus perseguidores, se estrelló con el coche y se mató. "Todavía le echo de menos", dice Juan José, y los ojos, por lo general vivos e inquisitivos, se le pierden a lo lejos. "El tío se las ligaba a todas, incluso a las de la película", recuerda, con sentida nostalgia.
La última superviviente de los Ugal Cuenca era Isabel. Tenía seis años más que Juan José y, según él mismo refiere, actuó siempre como una madre. Ella era la que iba a comisaría a recoger a los hermanos cuando los detenían siendo unos críos. Ella era la que los regañaba cuando los veía con la droga. "Pobre Isabel", dice hoy Juan José, "tanto meterse con nosotros por la droga, y al final también acabó enganchada".
Isabel murió no hace mucho, según algunos de cirrosis; según otros de sobredosis. En cualquier caso, como consecuencia de su drogadicción. Su historia resulta especialmente descorazonadora. Estaba casada con Antonio Román Heredia, alias El Pote, un antiguo colega de Juan José que salió de la cárcel tras una larga condena, ya muerta su mujer, y que al poco tiempo se mató en un accidente de tráfico. Juntos, Isabel y él tuvieron cuatro hijos. Las autoridades les retiraron la custodia de los dos menores, que dieron en adopción y viven en algún lugar, con unos nuevos padres. La versión que dan en La Mina es ésta: "Se los quitaron y los vendieron a unos ricos por un montón de billetes". Los otros dos hijos, Antonio, alias El Coco, y Amalio Román Ugal, que andan por los veintitantos, ya están en prisión y tienen a las espaldas su propio historial delictivo. La misma canción que una y otra vez se ha escuchado en La Mina, entonada por una nueva generación. Las hermanas Moreno Cuenca -Carmen, Antonia y Gloria- han escapado por ahora a la maldición. "A ellas les cuidó la abuela y, por fortuna, han recibido una educación diferente", apunta Juan José. Y asegura que sus hermanas nunca han tenido problemas con la policía.
Si nos fijamos en los antiguos compañeros de fatigas de Juan José, el panorama no es más alentador. Aparte del Pote, uno de sus amigos más asiduos era Ángel Fernández Franco, El Trompetilla (o El Torete, desde que hizo en Perros callejeros el papel que estaba reservado al Vaquilla y que éste, preso, no pudo interpretar). El propio Juan José asegura que El Torete no era muy lanzado y siempre se quedaba algo atrás. Andado el tiempo dejó los atracos y se pasó al trapicheo de drogas. Murió por sobredosis.


Compañeros muertos. Otro consorte de entonces, el Pacorro, quedó por el camino mucho antes: murió a balazos en una persecución de la Guardia Civil, con unos 12 o 13 años. "Todavía me acuerdo de la cara de los guardias cuando sacaron del coche al niño cubierto de sangre", evoca Juan José con una frialdad resignada. Y recuerda algo que entonces le advertía su madre, cuando empezaba a robar coches: "Cuidado con la policía, hijo, que dispara sin preguntar la edad". "De los de aquella época, son muy pocos los que quedan", concluye El Vaquilla con una sonrisa amarga.


El aspecto que ofrece hoy Juan José Moreno Cuenca es, en efecto, el de un superviviente. Atrás queda aquel chaval alocado e impulsivo que adoraba los Citroën Tiburón, los FU-1600 y los FU-1800, las versiones más potentes del venerable Seat 124. Un chaval para quien los Chichos eran los máximos ídolos musicales y Ornella Mutti la mujer más maravillosa. La Mutti le sigue gustando: "Esa tía no cambia", observa divertido, "un día la vi en una foto con su hija, y la hija parecía mucho más vieja". Algo similar le pasa al propio Juan José. Aunque está al borde de la cuarentena (cumple 39 años el día 19), sigue pareciendo un adolescente congelado en el tiempo: su lacia melena, su indumentaria, la forma en que se mueve, el rostro incólume y la mirada decidida, todo sugiere más un muchacho con la vida por delante que un hombre con tanto por detrás. Pero, en cuanto se le escucha, se comprende enseguida que se trata de un espejismo.



¿Quién es hoy, después de sus fugaces y dudosos momentos de fama, de los muchos atracos y persecuciones, de todos sus intentos de huida y de los largos años de cárcel, Juan José Moreno Cuenca? Hay varias maneras de responder a esa pregunta. La más simple: hoy día, este hombre es un interno del centro penitenciario de Brians, en Barcelona, clasificado en primer grado (el más severo) y con condena pendiente -tras la acumulación de la que le correspondió por su último delito, cometido el año pasado durante un permiso- hasta el 1 de febrero de 2007.
Según la policía, se trata de un reincidente nato, en gran medida debido a su drogadicción, que en cuanto se ve libre no encuentra otro camino que delinquir, cada vez de forma más atropellada y con menos destreza. "Nunca fue muy fino, pero ahora es un delincuente desastroso, que actúa como hoy ya no actúa nadie, que repite una y otra vez lo único que sabe, que es coger un coche y atracar tiendas, hasta que le pillamos", explica un inspector barcelonés. "Eso sí, al volante es un as, un conductor increíble", añade, "y una vez que lo coges, nada peligroso, inteligente y hasta simpático". La visión más dura se da desde las instituciones penitenciarias que hoy le custodian: "Es un psicópata, no cabe duda", apunta alguien a cuyo cargo ha estado en la cárcel. "Es listo, puede ser incluso agradable si quiere, pero está perdido, y completamente afectado por su reclusión. Lo que se debería haber hecho con él es aplicarle el reglamento sin tantas contemplaciones".

Su antiguo abogado, José Sáinz Vila, admite que ha tenido oportunidades, mejores o peores, y que las ha desperdiciado siempre. Sin embargo, se opone a los que dicen que no ha hecho otra cosa que aprovecharse. "La gente se reía de mí por ayudarle, mis amigos me decían que me engañaría siempre. Pero le aseguro que de mí no se aprovechó nunca", sentencia. Para su abogada actual, Juan José Moreno Cuenca es uno de tantos chavales de los barrios marginales arrojados a la delincuencia por un ambiente familiar desestructurado, uno de tantos delincuentes puramente sociales, por los que el sistema penitenciario y judicial español no ha acertado hasta la fecha a hacer nada. "Es la asignatura pendiente de la democracia", afirma, "y basta fijarse en el espeluznante hecho de que mientras en Europa, en los últimos 20 años, la población reclusa ha disminuido, en España ha aumentado en un 30%. Lo único que le ofrecemos a esta gente es cárcel y más cárcel, hasta que el sida o una sobredosis o lo que sea se los lleve por delante. No los reinsertamos nunca, y eso, aparte de un fracaso de nuestro sistema, es incumplir el mandato constitucional sobre la finalidad reeducadora de la pena".
La esperanza de Juan José, para su abogada, es que le dejen salir a un centro de rehabilitación que no tenga carácter penitenciario. "Que le otorguen la posibilidad de superar su drogadicción en un lugar donde no haya barrotes, donde no prosiga la maldición carcelaria que ha sido toda su vida". Legalmente, esto podría proporcionársele en cualquier momento porque, desde el 19 de junio de 1999, tiene cumplidas tres cuartas partes de su condena, lo que en principio le habilitaría para salir en libertad condicional.
Seguramente es normal y hasta inevitable que alguien como Juan José Moreno Cuenca suscite posturas encontradas. Pero hay algunas cosas en las que todos, los que lo tuvieron o lo tienen enfrente, y los que estuvieron o están a su lado, coinciden. Podemos considerarlas, pues, verdades más o menos objetivas. No cabe duda de que se trata de un individuo dotado de una inteligencia natural y de una resistencia notable, puesto que hace falta tenerlas para haberse pasado la vida en la cárcel y no haberse derrumbado. No puede negarse tampoco, su capacidad para inspirar simpatía, incluso en aquellos a los que se enfrenta. Consta por otra parte su rebeldía y un cierto impulso autodestructivo, que acaso esté en la base de sus quebrantamientos de condena. Véase, si no, el último, en 1999, cuando salió con permiso para ir a la autoescuela (curiosamente, no tiene carné de conducir) y acabó robando para conseguir droga.


Sin rencor. Pero también es un hecho incontestable que desde que era un niño ha estado siempre a merced del aparato penitenciario de nuestro país, que ha sido su único maestro y tutor. Y también es un hecho objetivo, tal vez el más objetivo de todos, que Juan José Moreno Cuenca todavía está vivo. Esto es algo que no se puede decir de sus hermanos Julián, Antonio, Miguel o Isabel, ni de sus colegas, el Pote, el Torete, el Pacorro... Para ellos ya no hay remedio. Con El Vaquilla, al menos, cabe albergar la duda. Hoy Juan José Moreno Cuenca aspira a cerrar cuentas con el pasado. No le echa ninguna culpa a la sociedad ("es absurdo, con eso no saco nada, ni consuelo ni justificación") y reconoce sus responsabilidades, aunque siempre recuerda el alto precio que ya ha pagado: "No debo nada a nadie y nadie me debe a mí", precisa, con un punto de orgullo. Admite que ha habido personas que se han esforzado por él, incluso en la cárcel. Gente que le ha visto y ha pensado: "Pero si éste toda su vida no ha sido más que un desgraciao". Y le ha tenido un poco de compasión. Sin embargo, cree que estos benefactores han sido siempre los menos y, ante todo, niega que se lo hayan puesto fácil, como dicen por ahí.
Del mismo modo, lamenta el daño que ha causado a gente inocente, si bien recuerda que a él también se lo han hecho. "Sé perfectamente cuándo le he hecho mal a alguien", declara, "pero también le digo a la gente que las circunstancias en las que me he visto me han impulsado a hacer lo que no quería. Claro que sé que no hay que robar. Hay muchas cosas que no se deben hacer", afirma con una enigmática ironía. Quizá lo que más le duele es que haya algunos que casi lamentan que nunca haya matado y que, siempre que pueden, sacan a relucir lo de aquella mujer que murió por accidente, cuando él contaba con 13 o 14 años. "De aquello lo recuerdo todo", dice con un repentino deje de solemnidad, "su nombre, su edad, el día y cómo se echó debajo del coche y ya no pude esquivarla".

Asegura que ya no disfruta mientras roba como ocurría de chico, cuando, con una pistola en la mano, veía a la gente suplicarle que le dejara vivir. "He reincidido en el delito", admite, "pero lo he pasado muy mal mientras robaba. Ya no era aquel chaval que atracaba como si nada y que sentía ese placer que se siente ante el peligro. Al revés, cada vez que volvía a hacerlo me resultaba más difícil". Y se apresura a aclarar: "Pero que conste que, si he dejado de disfrutar, ha sido por mi propia madurez, no por la prisión".
Confiesa sin tapujos su odio hacia los carceleros ("de eso no me pienso rehabilitar nunca") y, al referirse a este punto, su discurso, siempre bastante elaborado, registra un esfuerzo suplementario de persuasión: "Yo sé bien lo que son sus obligaciones porque conozco el Reglamento Penitenciario, desgraciadamente para mí. Y si hay algo que no puedo soportar es a quien somete a alguien abusando de su poder". Por el contrario, ha mejorado en los últimos años su visión de la Guardia Civil, sus implacables perseguidores en la adolescencia. "Me encuentro con ellos en las conducciones", dice, "cuando me llevan al Juzgado. Siempre son más o menos los mismos, y ya nos conocemos. El trato es bastante correcto y hasta cordial, porque cada uno sabe cuál es su papel. Ellos mismos te lo dicen, que saben que tú vas a intentar aprovechar cualquier descuido, si lo tienen, y que entiendas que ellos harán lo posible para que no tengas la menor ocasión. Pero sin ningún mal rollo. Todo absolutamente profesional", explica.


Estudiar leyes. Juan José Moreno Cuenca declara admirar, por encima de todo, la inteligencia. Le habría gustado ser abogado, dice, y cuando repasa sus experiencias amorosas (incluido su breve matrimonio) concluye que la mujer de sus sueños está todavía por llegar. "Con esta vida que he tenido, poca oportunidad hubo para eso. En medio de tanta cárcel nunca ha habido tiempo para mantener una relación ni medianamente duradera". Confiesa que el momento más feliz de su vida fue cuando volvió a pisar la calle después de 12 años seguidos de talego. "Estaba como loco: el aire, la luz...". Y el momento más triste, cuando vio a la gente morir a su alrededor.
Ahora tiene mucho tiempo para pensar porque pasa 20 horas en su celda y sólo dos paseando por el patio, con otros dos o tres presos de primer grado. "Me doy cuenta de que los años pasan, de que las posibilidades son cada vez menores", reconoce, un tanto sombrío. Sus reflexiones le conducen una y otra vez a la misma conclusión: "Ya está bien, chaval. Ya has tenido toda la cárcel que se puede tener". Sólo pide una cosa: "Que me dejen vivir normal", suplica. Y si se le preguntan detalles sobre su deseo insatisfecho, lo enuncia con una simplicidad pasmosa: "Tener un trabajo, ser libre y que la policía no me ande persiguiendo".
Habla con convicción, con energía, y siempre con la misma sonrisa, una sonrisa remota y triste que sus ojos subrayan con un extraño fulgor. Es un superviviente solitario y se ha resignado a serlo. Aparte de algún samaritano que trata de ayudarle, y de alguna comunicación esporádica con sus hermanas pequeñas, nadie va a verle. Todos los que habitaron su vida están muertos o han desaparecido. A su madre, Rosa Cuenca, hace muchos años que no la ve. Nunca le ha visitado en Brians.
La última escena de esta historia, por ahora, ocurre en la penumbra de un piso del Ensanche barcelonés. Desde su lecho de enfermo, el viejo abogado José Sáinz Vila formula una petición: "Hable bien de él". Y agrega: "Desde siempre, todos han abusado, todos se han aprovechado de él. Los del cine y muchos otros. Es una historia tan triste, tan lamentable, que no puede serlo más. Pero él nunca fue malo. Si le hubiera conocido entonces… Créame, se ha perdido algo en ese chico". El chico, todos aquellos chicos de La Mina, se perdieron para siempre. En una celda de Brians, hay un hombre que sigue aguardando.

El tiroteo entre bandas rivales en Cartagena se salda con dos muertos

Los GEO, que han intervenido desde esta madrugada, han detenido a dos hombres

La Policía recoge los casquillos de bala en la zona de la reyerta, que continúa acordonada


El tiroteo que se ha producido en el casco urbano de Cartagena (Murcia) desde esta madrugada entre bandas rivales se ha saldado, hasta el momento, con dos fallecidos, un herido muy grave con impacto de bala en la cabeza, y dos detenidos, según han informado fuentes policiales.

Al parecer, las primeras investigaciones apuntan a que el tiroteo podría deberse a la rivalidad entre dos bandas de narcotraficantes, lo que ha obligado al Grupo Especial de Operaciones de la Policía Nacional (GEO) a intervenir en el lugar.
Desde las 00.30 horas, cuando comenzaron a producirse los disparos desde el segundo piso de un edificio, que tuvo que ser desalojado según fuentes conocedoras del caso, la Policía Local cortó el tráfico entre la Alameda de San Antón y avenida de la Rambla, que comprende la avenida de Sebastián Feringán, acorralando las fuerzas policiales dicho perímetro.
Durante el asalto, una persona falleció, siendo el balance final de la operación dos víctimas mortales, así como dos detenidos y un herido muy grave, con impacto de bala en la cabeza, que ha sido trasladado por una ambulancia del Servicio Murciano de Salud (SMS) al hospital Santa María del Rosell.

Toda la noche en el piso franco
El herido de gravedad en el tiroteo de Cartagena aguantó amotinado toda la noche en el piso franco, cuya entrada registraba más de 31 impactos de bala una vez finalizado el intercambio de disparos, que fue "indiscriminado" y llegó a afectar a la fachada del hospital situado enfrente del edificio, según ha informado en rueda de prensa el delegado del Gobierno en Murcia, Rafael González Tovar.
Aunque la investigación todavía se encuentra en una primera fase, González Tovar ha destacado que entre las víctimas no hay personas "ajenas al suceso".
Los dos fallecidos y los dos detenidos, uno de ellos el herido de gravedad que presuntamente mantuvo el tiroteo y otro hombre que se encontraba en el interior de la casa, son varones de nacionalidad española y de entre 30 y 35 años.

Personal atemorizado
El tiroteo se produjo en las proximidades de un hospital privado, el Perpetuo Socorro, cuyo personal ha temido por su vida a lo largo de la noche, ya que algunos de los disparos impactaron contra la fachada del centro hospitalario, en el que actualmente se atienden a 220 personas.
Esto obligó a que dos francotiradores de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se desplazaran hasta el hospital, puesto que no pudo ser desalojado.

El Cuerpo Nacional de la Policía recoge, a las once de la mañana, los casquillos de bala que hay en el suelo como consecuencia del tiroteo.
De momento, el perímetro en la zona donde se han producido los disparos continúa acordonado, ya que los agentes realizan las pesquisas policiales, y se está a la espera de que el juez, que ha llegado al lugar, proceda al levantamiento de los dos cadáveres

Retenciones de tráfico
Asimismo, el tráfico entre la Alameda de San Antón y la zona del colegio de la Rambla, que comprende la calle de Sebastián Feringán, sigue cortado, lo que está provocando pequeñas retenciones en la ciudad portuaria.
En el transcurso del tiroteo, uno de los dos francotiradores que se encontraban en el hospital Perpetuo Socorro, al disponer de una visibilidad total del edificio donde se atrincheraban los presuntos delincuentes, ha conseguido abatir a uno de ellos.
De forma que la Policía Nacional ha conseguido detener a dos de los presuntos narcotraficantes en el interior del edificio, que se encontraba habitado y que tuvo que ser desalojado, y un tercero previo a la intervención policial.
Uno de los narcotraficantes que fue arrestado en el interior del edificio resultó, durante el tiroteo, herido grave con un impacto de bala en la cabeza, por lo que fue trasladado por una ambulancia del SMS al hospital del Rosell, donde está siendo intervenido quirúrgicamente.